Gracias fervientes y rendidas te doy, misericordiosísimo Santo mío, por todos los beneficios que con tu poderoso valimiento ante el Dios de la Majestad te has dignado concederme. Tu sola presencia transporta de gozo el alma y la inunda de esperanza y de consuelo, y todas las veces que lleno de fe, humildad y confianza he venido aquí, ante tu sagrada imagen, a pedirte favores del cielo convenientes para mi cristiano bienestar, confieso que por tu eficaz mediación los he obtenido, y así lo reconozco agradecido. Tu misma figura de Angel, de Apóstol y de Médico de los pueblos es para mi alma un beneficio, porque al mirarte en tu altar como un celestial Protector de tus devotos, y al contemplar tu maravillosa vida, tan rica de heroicas virtudes, también mi corazón se siente atraído al amor de Jesucristo Señor Nuestro, que tan bueno es para cuantos le invocan, le aman y le sirven, y que tan grande te hizo en la tierra y en el cielo. Y si de tu presencia...
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